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Inflación a la Baja en Argentina: ¿Caputo Flexible ante el Dólar y las Tasas?

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Inflación a la Baja en Argentina: ¿Caputo Flexible ante el Dólar y las Tasas?

Argentina experimenta una desaceleración inflacionaria en agosto de 2026, abriendo un margen para que el gobierno considere una flexibilización en la política de tipo de cambio y tasas de interés. Economistas sugieren que un dólar más flexible y tasas más bajas podrían impulsar la competitividad y la actividad económica. Sin embargo, la recuperación real es lenta, con sectores clave rezagados y creciente morosidad familiar, lo que plantea un complejo desafío para el equipo económico.

La economía argentina se encuentra en un punto de inflexión. Las últimas proyecciones de las principales consultoras de la City sugieren que la inflación de agosto de 2026 podría marcar el registro más bajo del año, un hito significativo que otorga al gobierno de Javier Milei y al ministro Luis Caputo un margen de maniobra crucial en su estrategia económica. Este alivio en la presión inflacionaria abre un debate fundamental sobre la posible flexibilización del tipo de cambio y las tasas de interés, elementos clave para dinamizar una actividad económica que aún lucha por despegar. Aunque el dólar mayorista ya superó el umbral de los $1.500, la incógnita reside en la magnitud y el control de esta eventual corrección cambiaria.

El Respiro de la Inflación: Un Activo Político

Las estimaciones son consistentes entre diversas firmas. EcoGo, dirigida por Marina Dal Poggetto y Sebastián Menescaldi, anticipa una inflación de 1.5% para agosto, una cifra corroborada por el estudio de Orlando Ferreres, que la sitúa en 1.6%. Lo más destacable es el comportamiento de los precios de los alimentos, con proyecciones de aumentos mínimos, de 1% a 1.1%, e incluso leves descensos en categorías como las carnes. De confirmarse, estos datos no solo representan el menor registro inflacionario del año, sino que también validan el principal argumento político del gobierno: que el proceso de desinflación es una realidad palpable, incluso después de medidas como la salida del cepo.

Este escenario de menor inflación es una herramienta poderosa. Hasta hace poco, la prioridad era mantener el tipo de cambio contenido como ancla antiinflacionaria, una estrategia que, si bien efectiva en su objetivo principal, tuvo como contrapartida un encarecimiento desmedido del crédito. Las tasas de financiamiento para empresas a siete días llegaron a escalar hasta el 32% anual, asfixiando al sector productivo y frenando la inversión. Ahora, la baja inflacionaria habilita un cambio de paradigma.

La Nueva Estrategia: Dólar Flexible y Tasas a la Baja

La señal de un posible viraje ya se observa en el mercado cambiario. El dólar mayorista, después de semanas de estabilidad forzada, cerró recientemente en $1.512, rompiendo un techo que el equipo económico había defendido con ahínco. Paralelamente, el Banco Central (BCRA) ha comenzado a inyectar mayor liquidez en pesos, una acción que busca aliviar la tensión monetaria y permitir la reducción de las tasas de interés. Esto implica una aceptación tácita de un dólar algo más alto, buscando un nuevo equilibrio que compatibilice la estabilidad de precios con el impulso a la actividad.

Economistas de renombre como Sebastián Menescaldi, Fausto Spotorno, Miguel Ángel Broda y Miguel Kiguel coinciden en que una suba moderada del dólar no solo es posible, sino también conveniente. Argumentan que un tipo de cambio excesivamente bajo deteriora la competitividad de las exportaciones y profundiza el freno sobre la producción nacional. El desafío, por tanto, ya no es solo contener la inflación, sino evitar que la combinación de un dólar estancado y tasas elevadas termine por estrangular la economía real.

Menescaldi, por ejemplo, señala la disyuntiva que enfrenta el gobierno entre variables complejas: acumulación de reservas, emisión monetaria, inflación, tipo de cambio y nivel de actividad. Su diagnóstico es claro: el dólar tiene margen para avanzar, aunque el movimiento debe ser estrictamente controlado y gradual para no desestabilizar las expectativas. Propone, incluso, que el Banco Central establezca un corredor de tasas explícito, con un piso y un techo, para ofrecer mayor previsibilidad al costo del dinero y evitar saltos abruptos que perjudican al financiamiento empresarial.

La Economía Real: Entre la Inercia y la Morosidad

Sin embargo, no todo es optimismo. La apuesta original del gobierno, basada en una reducción del riesgo país, una drástica baja de tasas y un ingreso masivo de capitales extranjeros, no se materializó completamente. El riesgo país, si bien descendió, no alcanzó los niveles esperados, y las inversiones extranjeras fluyen de manera más gradual. La política monetaria restrictiva interrumpió la expansión del crédito, generando un efecto paradójico: la morosidad de las familias comenzó a crecer, con un porcentaje preocupante de sus ingresos destinado al pago de deudas o atrasos.

Este panorama explica la lenta recuperación económica. Santiago Bausili, presidente del Banco Central, reconoció que la actividad crece por debajo de las expectativas oficiales, con un dinamismo concentrado en sectores como minería y energía. En contraste, la construcción, la industria y el comercio —claves para la generación de empleo— permanecen rezagados, mostrando caídas respecto al año anterior. La escasa capacidad de endeudamiento de las familias, sumada a la falta de vigor en los sectores productivos, frena el despegue económico.

El gobierno de Milei y Caputo ha ganado un valioso margen con la desaceleración inflacionaria. La decisión ahora radica en cómo utilizará este capital político: si mantendrá el dólar por debajo de un umbral psicológico o si optará por una corrección gradual que permita oxigenar la economía real mediante tasas de interés más bajas y una mayor competitividad. La implementación de esta nueva estrategia será clave para determinar el rumbo económico del país en los próximos meses, especialmente de cara a los desafíos que plantean los ciclos políticos futuros.